La noche vació de sentido el encuentro, plagado de silencios oscuros e incómodas miradas. Finalmente, ella sugirió que volvieran todo atrás, cuando la fotografía era una excusa para subir a la terraza o cuando el humo de un cigarrillo los unía en el viento. Él no creía en sus palabras tersas y casi sin escuchar el final de su frase la interrumpió sin pausa. Nunca volverás a ser mi amiga, dijo. Ella prendió un gauloise a pesar de que hacía semanas que no fumaba. Después de que un avión partiera el cielo en dos, ella le pidió perdón. Él la perdonó en secreto y volvieron juntos por el boulevard Saint-Michel hasta dar con el cementerio. Se sentaron en una esquina casi por obligación, para detener el tiempo final. Los semáforos vibraban sin sentido mientras algún paseante nocturno cruzaba la calle sin mirar a los costados.
Ella lo besó con toda la frialdad de su cuerpo. Él la abrazó a pesar del gusto metálico de su boca. Fue la noche más azuladas de sus vidas. Es tarde, dijo mientras apuraba una última pitada. Ella revisó sus papeles y le entregó una fotografía de un niño en la puerta de un circo, sentado en un pequeño taburete tomando un sándwich en sus pequeñas manos. Ella jamás olvidaría sus ojos negros sin pupilas.
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jueves, 24 de diciembre de 2015
miércoles, 23 de diciembre de 2015
El niño que cambió sus ojos por un sandwich de salame (penúltima entrega)
Se sentaron como solían hacerlo. Él se refugiaba entre las paredes que se cruzan frente a los espejos del afuera, y ella, de espaldas al resto de mundo, como ignorando, acaso, una existencia que escapara los límites de sus altivas piernas en forma de cruz. Ella ensayaba argumentos de un guión sin sentido, pero él, que hacía tiempo que no escuchaba sus razones, decidió dejarla hablar, simulando escucha. Ella escondía su juicio detrás de unas gafas oscuras, que cubrían por demás la extensión de su rostro, en contacto con su pelo ya no tan lacio, que le caía sobre los hombros en forma de sauce. Ella hablaba sin dirección, hasta que él se dio cuenta de que ella iba a decir algo antes de que se decidiera a decirlo. Caminemos por el Sena, dijo para demorarla. París se disolvía en la bruma otoñal mientras Notre Dame se desdibujaba en un horizonte que se olvidaba a cada paso. El tiempo se establecía por el paso de las aves que provenían de los Jardines de Luxemburgo mientras las aguas del Sena reflejaban, difusas, los destellos de una ciudad que comenzaba a oscurecer.
De pronto el cielo se llenó de unas luces que la tiñeron de un fulgor albarino, propio de las estatuas de la ciudad. Él contemplaba sus tenues pliegues del mentón. Ella imitaba el silencio de la contemplación ajena. Las curvas de su rostro lo desafiaban como en tiempos pasados, pero ella disimulaba el deseo. Transcurrió un tiempo incalculable, tal vez breve y distante. Ella le confesó sobre su pérdida de inspiración. Él recitó de memoria su encantamiento con Olivetti, y le confió, entregado a su dicha, sus insomnios de escriba.
De pronto el cielo se llenó de unas luces que la tiñeron de un fulgor albarino, propio de las estatuas de la ciudad. Él contemplaba sus tenues pliegues del mentón. Ella imitaba el silencio de la contemplación ajena. Las curvas de su rostro lo desafiaban como en tiempos pasados, pero ella disimulaba el deseo. Transcurrió un tiempo incalculable, tal vez breve y distante. Ella le confesó sobre su pérdida de inspiración. Él recitó de memoria su encantamiento con Olivetti, y le confió, entregado a su dicha, sus insomnios de escriba.
martes, 10 de noviembre de 2015
El niño que cambió sus ojos por un sandwich de salame (decimoctava entrega)
Su primera noche en el circo fue también la última. Lo vio todo como en un tiempo suspendido. Fue un visitante breve, pero en un instante sus ojos, ahora eternos, ingresaron para siempre en el destino de un ayer huidizo. Y eso bastó para seguir soñando las infinitas noches siguientes. La separación fue un dolor dulce que caló sus más sentidos pesares. En esa ocasión de soledad, descubrió las verdaderas dimensiones de la luna, comprendió que sus manos no alcanzarían para contenerla ni que ningún salto valdría para tomarla. El ensueño prosiguió con vértigos aleatorios, a veces demorado, por momentos impetuoso. Pronto, cayó vencido en un tímido parque, de hojas secas y brisas caprichosas. Desconfió de sus sentidos, penó por el suplicio del silencio y por la quietud de los árboles, testigos de su desconcierto y de su azar. Volvió a deambular hasta desaparecer entre el fulgor de un ciudad luminosa. Desaparecer le permitió comprender la itinerancia del circo. Comprendió su inocencia en el asunto de la evanescencia y descansó hasta recuperar su cuerpo vital.
Obstinado, despertó con la sospecha de la simultaneidad: la fábula se reveló expuesta, detrás de un pesado telón color carmín. Entonces el fotógrafo devino escritor en una París bucólica, de flâneurs y bistros, de rues y boulevards. El escritor se enamoró de una fotografía en blanco y negro. Los ojos negros de la fotografía oscurecieron la noche, inventaron el sueño. El niño soñó y el escritor pensó que existía. El niño vagó, buscó, desapareció, creció, lloró, y volvió a nacer para devenir adulto. El adulto soñó que escribía. La historia escribió al niño. Y el niño, por fin, comprendió que no existen los finales felices. Se despidió en una tormenta aislada. Mejor, pensó. Porque la humedad se hace en la boca, como los cometas que no llegan.
Obstinado, despertó con la sospecha de la simultaneidad: la fábula se reveló expuesta, detrás de un pesado telón color carmín. Entonces el fotógrafo devino escritor en una París bucólica, de flâneurs y bistros, de rues y boulevards. El escritor se enamoró de una fotografía en blanco y negro. Los ojos negros de la fotografía oscurecieron la noche, inventaron el sueño. El niño soñó y el escritor pensó que existía. El niño vagó, buscó, desapareció, creció, lloró, y volvió a nacer para devenir adulto. El adulto soñó que escribía. La historia escribió al niño. Y el niño, por fin, comprendió que no existen los finales felices. Se despidió en una tormenta aislada. Mejor, pensó. Porque la humedad se hace en la boca, como los cometas que no llegan.
sábado, 9 de mayo de 2015
El niño que cambió sus ojos por un sandwich de salame (decimoséptima entrega)
La
ciudad era inmensa, pero él no lo percibía de ese modo. Vagó sin brújula por
calles angostas de edificios grises, hasta que una silueta eclipsó la luz del
farol. Los movimientos de una sombra le abrieron paso a su andar esquivo,
avanzó el camino sin descuido tras el sonido de una melodía aguda. Encontró
colores. Descubrió un pasaje estrecho en el que se adentró abandonado por el
ritmo de una pianola sorda; su cuerpo, más atento que sus sentidos despiertos, se
estremeció de vibraciones cada vez más fuertes, hasta que se le llenaron de
música los pulmones. Un frenesí de imágenes más nítidas que siempre se
precipitaban en sus pupilas, las paredes se borroneaban por la velocidad del camino.
Corrió ya sin cansancio mientras sus hombros se balanceaban y sus manos rozaban
el viento que dejaba atrás.
Llegó,
por fin, y se desató una tormenta en sus ojos negros. La silueta de un hombre
lo esperaba, sonriente, en el portón de un circo viejo. Bienvenido, le dijo.
Y el niño volvió a nacer.
Y el niño volvió a nacer.
lunes, 20 de abril de 2015
El niño que cambió sus ojos por un sándwich de salame (decimosexta entrega)
El encuentro desafió sus sentidos. Más tarde, redescubrió el sonido añoso de Olivetti y sus caricias se posaron por horas junto a su armónica elocuencia. A pesar de que sus ojos, beodos por el acaecer de la noche, ya no parpadeaban con insistencia, cubrió el blanco del papel con la tinta negra de las últimas letras. En ese instante de fascinación nocturna, descubrió la cortinas para admirar las verdaderas dimensiones de la luna y comprendió, con pena pero con aplomo, que ni un trapecista distinguido podría alcanzarla. Y si una nube cubriera su paso, la humedad se haría en la boca, entre la unión de sus pliegues plomizos. Dulce beso.
Apoyó sus brazos cansados sobre la ventana y respiró la delgadez de la brisa otoñal. Ahora confiado, contempló el silencio y la quietud de los árboles desnudos. Ya no imaginaba. Los gigantes, los acróbatas, los payasos, incluso los monstruos estaban allí, del otro lado de la calle o en su habitación, derramados de tinta.
El tiempo transcurrió demorado, mientras el humo se quemaba entre sus dedos. Prometió no volver a abandonar sus caricias.
Y no lo hizo.
Apoyó sus brazos cansados sobre la ventana y respiró la delgadez de la brisa otoñal. Ahora confiado, contempló el silencio y la quietud de los árboles desnudos. Ya no imaginaba. Los gigantes, los acróbatas, los payasos, incluso los monstruos estaban allí, del otro lado de la calle o en su habitación, derramados de tinta.
El tiempo transcurrió demorado, mientras el humo se quemaba entre sus dedos. Prometió no volver a abandonar sus caricias.
Y no lo hizo.
miércoles, 14 de enero de 2015
El niño que cambió sus ojos por un sandwich de salame (decimoquinta entrega)
Se encontraron por casualidad en un bistró de la rue Saint-Martin. El azar ejerció sobre ellos la fuerza que hasta entonces luchaba para alejarlos; los llevó a ambos, por primera vez, a un mismo destino. Ella llegó desde el norte, bajando por la rue Montmartre hasta la iglesia de Saint Eustache, donde solía disparar su cámara para proyectar las sombras y los brillos de los vitraux. Los colores de la luz del sol que atraviesan las iglesias me hacen sentir viva, le explicaba. Él subió por el boulevard Voltaire, andando, como siempre, para perderse entre las últimas luces del día. Ella tenía una pirámide de papeles y libros desordenados, pero ninguna original sobre los cafés vacíos. Distraída o concentrada
gesticulaba como buscando una respuesta, por eso no lo vio a través de sus lentes, pero él, cansado de escribir sin
respuesta, se acercó y pidió un café antes de que ella pudiera hablar.
Era necesario evitar que ella tomara la palabra porque, entonces, sería
demasiado tarde. Compartieron
un croissant y ella le reclamó que sus publicaciones eran demasiado espaciadas en el tiempo y que así se hacía imposible convertirse en escritor. Él esquivó su mirada y le preguntó por la muestra en blanco y negro.
jueves, 1 de enero de 2015
El niño que cambió sus ojos por un sándwich de salame (decimocuarta entrega)
Con la primera luz del día, volvió sobre sus pasos para evitar la confirmación de que sus ambiciones sucumbían en un desconsuelo absoluto. El empedrado de las calles le dolía en sus pasos agobiados, iluminados vagamente por la claridad nívea de la mañana. Las direcciones de la ciudad se encontraban en diagonales laberínticas y el olor a
río confundía más y más sus sentidos. Mientras sus esperanzas disminuían, creyó que ya era tiempo de empezar a dejar de creer, que su búsqueda sería su perdición. Pensó, también, que la irregularidad de su andar se acomodaba con las calles de una ciudad que estaba vacía, a esas horas, y reconoció que el arte de la invisibilidad era una acción meritoria. Era el momento de ocultarse para siempre. El hombre del circo lo supo antes de que él desapareciera.
domingo, 14 de septiembre de 2014
El niño que cambió sus ojos por un sándwich de salame (decimotercera entrega)
La luz de la luna destacaba los verdes alrededor por sobre la atezada oscuridad, pero la sombra del felino era apenas imperceptible. Sus ojos abermejados prevalecían y enrojecían la noche. Se miraron fijamente pero sus ojos se apagaron entre el follaje. Sin pensarlo, imitó sus movimientos detrás de sus ceñidos ojos relampagueantes. Vagó confuso hasta que se sintió lejos de la esquina de flores. Sintió miedo. El tiempo se dibujó en el aire y pudo imaginarlo todo. Los gigantes, los payasos, los contorsionistas, los tragafuegos, los zancudos, incluso los monstruos únicos; la gran carpa de tres colores con picos dispares. La melodía que había soñado volvía para sí y se materializaba en la copa de los árboles más altos. Levantó la mirada y la impresión de las luces le falseó la vista. No recordaba cuándo había visto sus ojos por última vez. Prosiguió ya sin rumbo con los pies pesados hasta que se perdió en el anonimato. Cuando despertó, los primeros susurros lo animaron y encontró signos de esa presencia que tanto esperaba. Sin embargo, los sobrantes rudimentos de la edificación y los vestigios de las estacas diluyeron sus tibias imágenes. Todo ya había sucedido.
domingo, 27 de julio de 2014
El niño que cambió sus ojos por un sándwich de salame (duodécima entrega)
Llegó liviano a su habitación, como sin olfato ni gusto, la boca seca y los ojos combados. Se había propuesto olvidar todo el asunto, y seguir adelante con sus proyectos. Sin embargo, su voz repicaba en sus sienes como un aguijón ensañado. Jugó con el humo de un cigarro para no sentirse tan solo mientras exhalaba por la ventana entreabierta que se deshacía en mares de lluvia. Las fachadas de los edificios, imprecisas y desteñidas por el tiempo. Ella, luminosa y plomiza, aunque oculta, ausente, incierta.
Se sentó junto a Olivetti y comenzó a dictarle como si la historia ya hubiera sido escrita por alguien más. Su voluntad languidecía y la imagen de esa blancoynegra marcaría el destino de sus próximos meses, tal vez años. El niño de la foto andaba como buscando, sin encontrar naturalmente, un final feliz o algo así que lo cobijara. Escribió todo lo que pudo hasta que sus ojos contorneaban la tinta y el papel se volvía cada vez más confuso.
Se sentó junto a Olivetti y comenzó a dictarle como si la historia ya hubiera sido escrita por alguien más. Su voluntad languidecía y la imagen de esa blancoynegra marcaría el destino de sus próximos meses, tal vez años. El niño de la foto andaba como buscando, sin encontrar naturalmente, un final feliz o algo así que lo cobijara. Escribió todo lo que pudo hasta que sus ojos contorneaban la tinta y el papel se volvía cada vez más confuso.
lunes, 23 de junio de 2014
El niño que cambió sus ojos por un sándwich de salame (undécima entrega)
Esa noche volvieron los carteles y con ellos la renovada ilusión de conocer ese fantástico mundo que tanto había esperado. Persiguió las calles oscuras durante días enteros intentando descifrar la ubicación. Tuvo hambre y tomó una sopa de flores que consiguió en la entrada de una librería, en una esquina que daba a una plazoleta con árboles cubiertos de moho. Escuchó por primera vez esa voz deforme que lo desafiaba y vio, entre unas hojas muertas, el sonido de un felino pequeño desplazarse febrilmente. Abandonó lo que quedaba de su sopa ya tibia y emprendió el viaje que cambiaría sus percepciones para siempre.
miércoles, 4 de junio de 2014
El niño que cambió sus ojos por un sándwich de salame (décima entrega)
No volvieron a hablar sobre el asunto. Afuera llovía como en las películas. Él intentaba distraer su indiferencia mientras una sombra invadía la habitación. Ella, casi un recuerdo, evitaba sus ojos. “Naipe”. Ella no respondió. “Bilohema la albeolea”. Ella no respondió. “Ininteligible, incognoscible...”. Ella no respondió. Ya no consentía palabras favoritas. Ya no ocurrían jitanjáforas. Ya no reparaba series.
"No quiero verte más", dijo finalmente. No hubo lágrimas ni adioses, sólo un movimiento borroso que desdibujó sus figuras vertiginosas.
"No quiero verte más", dijo finalmente. No hubo lágrimas ni adioses, sólo un movimiento borroso que desdibujó sus figuras vertiginosas.
Él, que siempre entendía el significado literal de las cosas, le escribió durante meses. Nunca se había animado a preguntarle, aunque la omisión producía una incomodidad visceral, más para él que para ella. La pregunta venía una y otra vez, pero él se las ingeniaba para desaprovechar cada ocasión. Pero una noche última, entre el resto de las margaritas desolladas, con un cielo abierto que nunca había visto, resolvió escribirle: “Quizás”. Él siempre imaginaba sus respuestas.
Nunca más se volvieron a ver.
lunes, 3 de marzo de 2014
El niño que cambió sus ojos por un sándwich de salame (novena entrega)
Él creía que esa blancoynegra no debía venderse. "Es invaluable”. Ella insistía en que no consentiría sus caprichos sin sentido. La foto no significaba nada, era un papel para vender. Sin embargo, él sentía un apego indecible con la imagen. No se conformaba con una reproducción, él pretendía la original, si la cosa fuera posible. La decisión estaba tomada. Él la miró una última vez, antes de marcharse. Las calles, los carteles, las sombras, las luces. La imposibilidad del niño rezumaba sus ojos. Su respiración se suspendió para contener la impresión. Necesitó a Olivetti para confirmar sus afectos.
viernes, 31 de enero de 2014
El niño que cambió sus ojos por un sándwich de salame (octava entrega)
Caminó, como siempre, entre gente que no lo percibía; sin embargo, su indiferencia potenciaba sus habilidades para estar sin ser visto. Buscó una esquina asentada para poblar sus bolsillos. Sin luces, será más difícil. “Si hay luna, es mejor”. Esperó a que la luz aristada se pusiera y que las bandejas circularan estrepitosas. Actuó raudo y, satisfecho, decidió ir en búsqueda de los títeres vivientes, esos de los que tanto ansiaba aprender. Pensó en todo lo que ella le diría. Que el arte era una ilusión. Que no se podía vivir de ese tipo de engaños. Que la fotografía era diferente. Que tomaba fragmentos de la realidad. Que gozaba del orden de la objetividad. Él respondería que el arte no necesitaba ser comprendido, que bastaba la contemplación. Discutirían hasta que ella desapareciera por el techo o se encerrara en el balcón, sin su lente. Pero todo eso debía esperar. Luego de perseguir intuitivamente los carteles, dio con un juego de naipes empedrado, cartones húmedos y sin marcar, en lugar de aquella imagen que de niño había soñado. Una gran carpa de colores y hombres formidables y mujeres grotescas con insólitas destrezas. Artistas, pensaba. Acróbatas, corregía ella.
miércoles, 29 de enero de 2014
El niño que cambió sus ojos por un sándwich de salame (séptima entrega)
Él aprendió a mirarla sin decir nada. Su pelo se acomodaba por encima de las orejas y las puntas de sus dedos se aseguraban de que el pelo permaneciera allí. "¿Por qué me mirás así?", solía acusarlo. Él se echaba atrás y pasaba noches sin verla. En las sombras, se perdía en una ciudad que no lograba comprender, con sus pasajes, sus puentes, sus candados cerrados. “El amor es un puente”, recordó. Igualmente, el recuerdo de la humedad de su boca no era tan lejano. Ella vivía en un balcón cercano y él envidiaba ese balcón gris. Ella, por su lado, se quejaba de sus catorce metros; la cama, la despensa, el escritorio, el sofá… Todo en el mismo sitio. Sin embargo, se sentía satisfecha con la ventana techo. Solía escaparse por ese vano para escribir o sacar fotografías. Si bien la vista no la inspiraba, ni la ropa, ni los patios ni la oscuridad, el aire le devolvía las ganas de imaginar. Volvió a mirarla y él se despertó solo. Cuando ella se ausentaba por tiempos prolongados, él había desarrollado la habilidad de comportarse como si ella estuviera allí junto a él. Cuando no lo lograba, comprendía que la soledad era absoluta.
miércoles, 15 de enero de 2014
El niño que cambió sus ojos por un sándwich de salame (sexta entrega)
Juntos se hicieron invisibles y se perdieron por pasajes grises. Ignoraban la ciudad y sus obeliscos vanidosos. Por las noches, se suspendían repetidamente, encantados ante sus propias sombras. De esta suerte, permanecieron bajo la inmanencia de numerosos ciclos. Ella le enseñó el valor de su aliento, percibió el perfume de su humo y pronto adquirió el hábito de la cena eclipsada. El humo antes que nada. "La luna es ridícula", dijo con certeza. Lo ridículo era tener un planeta de esa escala tan a la mano. "No es un planeta", afirmó para falsearlo. Rodeada de humo, se sintió observada y su hemisferio desapareció por unos instantes; de cuando en cuando, los miraba, atónita con su palidez. "Para mí, la luna tiene algo expresionista, me conmueve su inmediatez y su falta de soberbia". Ella no coincidía, la luna tenía todos los atributos del arte surrealista, por empezar, le daba por dormir en su presencia, salvo las noches plenas. Discutían sin saber que, más tarde que temprano, acordarían sólo para no discutir. "Es verdad, tiene un dejo expresionista", decía ella para clausurar. Él era feliz cuando le daban la razón. "Tal vez...". "Siempre", respondió ella con la nariz. "Vamos a la ciudad", dijo y se durmieron con una sonrisa.
lunes, 6 de enero de 2014
El niño que cambió sus ojos por un sándwich de salame (quinta entrega)
La luna se hizo transparente a sus ojos también y no volvió a saber de aquel hombre. Lo buscó y divagó por las calles durante tres semanas. Intentó, inútilmente, volver a soñarlo. El entrenamiento había sido efímero pero el aprendizaje bastaba para independizarse de sus frases sin sentido y su melodía al hablar. Sin embargo, extrañaba su presencia, incluso sus silencios y sus miradas picadas. Soñó con aquellas luces y con la ciudad tornillo. Estaba confuso sin su compañía y no lograba desentrañar la repetición de los carteles que aludían a las calles. Volvió a despertar borroso y sin comprender su música.
La oscuridad se volvió un enemigo; luego, encontró en ella la fuerza de un aliado cuando se conocieron, como dos patos. "Hoy hay luna seca", dijo ella, con los ojos huecos en el cielo. Él no comprendió pero asintió con la frente, como si reconociera el fenómeno. Llevaba un vestido corto y un suéter de rayas malvas. El pelo negro negro y los ojos negros negros también lo aturdieron como para dejarse llevar sin protestar. Su mirada vidriosa no decía nada, pero veía todo a través.
La oscuridad se volvió un enemigo; luego, encontró en ella la fuerza de un aliado cuando se conocieron, como dos patos. "Hoy hay luna seca", dijo ella, con los ojos huecos en el cielo. Él no comprendió pero asintió con la frente, como si reconociera el fenómeno. Llevaba un vestido corto y un suéter de rayas malvas. El pelo negro negro y los ojos negros negros también lo aturdieron como para dejarse llevar sin protestar. Su mirada vidriosa no decía nada, pero veía todo a través.
miércoles, 1 de enero de 2014
El niño que cambió sus ojos por un sándwich de salame (cuarta entrega)
El hombre señaló que se trataba de un arte distinto a la pintura, “por ejemplo”. El asunto era grave, insinuó con el ceño recto y la mirada hundida. La explicación lo contrariaba. La invisibilidad no era una condición innata, debía alcanzarse a través de un ejercicio obstinado. “Hay trampas”, como en la pintura, argumentó. Desengañado, repreguntó. La técnica era sencilla, pero la primera vez se limitó a observar. “Si hay luna, es mejor”, aseguraba. Osó preguntarle por los mares, pero se avergonzó antes de esbozar la cuestión. Se distrajo y ella estaba allí. La miró y descubrió sus curvas, sus pequeñas manchitas en la piel, su delicado movimiento. Sugestionado, pensó que esa sugestión también controlaba las aguas, ese imán absoluto que atraía o repelía, a capricho. Y si una albura cubría su paso, la imaginaba a su lado, muy a su lado para observarla, resignado a su propia contemplación, atónito de sus pliegues, endulzado. Resistiendo el suspiro, alcanzó a protestar. “El genio es otra cosa, la inspiración no se respira”, replicó.
Con el engaño en los bolsillos tomó la decisión de no volver a tomar riesgos.
martes, 31 de diciembre de 2013
El niño que cambió sus ojos por una sándwich de salame (tercera entrega)
Sin saberlo, estaba siendo buscado, naturalmente, para no ser encontrado jamás. Pronto caería, felizmente, en un olvido remoto y sus ojos procurarían un andar que se convertiría en un intento de huida hacia el ensueño. Durante el día, padecería el calor del sol o la humedad de la lluvia; por la noche, gozaría con las alucinaciones de la luz espejada. Mientras andaba, recordó las palabras del hombre nocturno: clown. Sonrió aunque ignoraba su significado. Recordó también una avenida luminosa, y unos cafés balbucientes de lenguas en los que consiguió energía suficiente para los próximos días. El hombre le había enseñado todo, en sólo una constelación.
lunes, 30 de diciembre de 2013
El niño que cambió su ojos por un sándwich de salame (segunda entrega)
Creyó despertar en una esquina cualquiera. El aspecto lúgubre de aquel hombre se apareció y éste lo llamó con la cabeza. Caminaron juntos durante una exigua noche negra. "¿Quién...?", pronunció. Su silencio fue excesivamente descriptivo. Entre las aristas de los edificios se mostraba una luna angulosa. "¿Tendrá mares la luna?". La nívea corriente de la noche bailaba en su altura inmensa, mientras los dos cuerpos diminutos se suicidaban en la oscuridad. Hablaron sin decir una palabra, pero eso bastó para saber todo sobre los payasos. Siempre son tristes, incluso cuando sonríen. Esa contrariedad lo satisfacía, lo envolvía. De algún modo, se identificaba con su moral doble: la tristeza devenida felicidad. Al separarse, miró el cielo y sintió algo nuevo en su pecho. "¿Tendrá mares la luna?".
El primer sol lo puso en marcha. Hoy sería el día que ayer no.
domingo, 29 de diciembre de 2013
El niño que cambió sus ojos por un sándwich de salame (primera entrega)
Andaba buscando sin encontrar esa calle en la que, tiempo atrás, había imaginado un final feliz, con frazada y todo. Lo había intentado a la izquierda, a la derecha, pero la salida no se abría en ninguna dirección. Con su caminar maltrecho arrastró sus zapatos (o lo que quedaba de ellos) hasta una vereda que prometía un descanso seguro. Un escalón no tan alto, una penumbra limpia y un tránsito moderado, sin semáforo. Una esquina como para estar. Pensó, mientras se acostumbraba al desapego del suelo, que tal vez mañana, sin la llovizna y con los ojos más abiertos, tendría más suerte para deambular por la ciudad y encontrar algo, al menos, que le quitara los recuerdos de su desdicha. Los automóviles y los buses despedían sus vapores y, a lo lejos, se distinguían los zumbidos de sus mecanismos internos. Sus párpados descansaban de tanto en tanto y sus descuidos se volvían cada vez más involuntarios. Una brisa destemplada le peinó la frente y, en ese instante de vigilia pesada, advirtió el cartel publicitario que el hombre, taciturno y oscuro, fijaba en la pared. Sus pupilas dialogaron en silencio y, avergonzado, el hombre desapareció en la noche.
Un payaso triste, un hombre con sombrero recto, un conejo sin color y el movimiento de una silueta de mujer. "Es el circo", se dijo y se durmió. "Es el circo".
Un payaso triste, un hombre con sombrero recto, un conejo sin color y el movimiento de una silueta de mujer. "Es el circo", se dijo y se durmió. "Es el circo".
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